7.5.11

Cabello y poder


LA BELLA ES LA BESTIA. Los griegos distinguían a los hombres y las mujeres como especies diferentes (genos) que como encuadrados en los modernos géneros sexuales. La cultura aristocrática primero y la democrática después, convinieron en que las mujeres eran una raza que estaba más cerca de la naturaleza y de los animales que de los hombres. Es verdad que la misoginia europea tiene su origen en el judaísmo (la mujer es inferior y perversa) y en el cristianismo primitivo (una mujer, Eva, provocó la necesidad de la muerte de Dios, según Tertuliano), pero también lo es que la cultura griega atribuyó a las mujeres una ascendencia artificial corrompida (Pandora), que las comparó con animales parasitarios, que colocó a lo femenino en un lugar de abyección, con los esclavos y los extranjeros, y que no hubo ciudadanas en su sociedad de guerreros y propietarios. La exarcebada misoginia del siglo XIX resucitó la pretendida animalidad de la mujer como una de las especialidades de la femme fatale, y la inferioridad esencial de la mujer respecto del hombre, apoyada en una ciencia y una medicina que pretendían demostrarlo mediante pruebas "objetivas" como la medición y peso de los cráneos. Los icónologos e historiadores del arte como Bram Djikstra señalan que en esa época crece el número de representaciones femeninas híbridas o animales, además del tándem mujer-serpiente desde Eva a Salammbó, o bien una sutil bestialización basada en la compañía de un animal (gato, mono, perro) o en un contexto lascivo y salvaje con sátiros o ménades.

Pilar Pedraza: Venus barbuda y el eslabón perdido

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